ACUMAR: Camino a un sistema de control industrial y adecuación ambiental del siglo XXI

En las siguientes líneas me propongo reflexionar sobre la importancia del patrimonio cultural y natural de la Cuenca Matanza Riachuelo (CMR) como dos cuestiones relacionadas e inseparables desde la mirada ambiental. Veremos que pensar en la recuperación de un río es planificar y ejecutar obra pública, saneamiento, infraestructura, pero también y no menos importante, recuperar su patrimonio, aquello que ha sido contado de manera fragmentada, recortada, espasmódica y que desde una mirada de Cuenca queremos integrar, poner en valor, darle un significado de totalidad.

Podemos considerar al patrimonio cultural como aquel que proviene de la actividad humana, o sea de relatos, actividades, prácticas, símbolos o expresiones que han tenido lugar en un determinado momento, en un determinado lugar: una escultura, una obra arquitectónica, una película, una canción.

En cambio, el patrimonio natural hace referencia a seres vivos u otros elementos significativos de la naturaleza que, a lo largo del tiempo, han conformado ecosistemas, áreas en las que diferentes formas de vida se han desarrollado. En síntesis, son expresiones de la naturaleza.

Si bien ambos términos son útiles como categorías para pensar en lo valioso de un territorio y poder circunscribir qué tipo de patrimonio estamos analizando, desde el punto de vista ambiental ambos términos son inseparables. Es imposible pensar en la CMR (Cuenca Matanza Riachuelo), sin pensar en su paisaje, en las transformaciones que ha experimentado y que han sido obra tanto de la naturaleza como de la comunidad que lo habita. Intentar separar ambas cuestiones puede ser una empresa compleja, quizá imposible.

Si tomamos por caso, a las áreas protegidas o por proteger dentro del territorio de la CMR: Laguna de Rocha, Santa Catalina, Cauce Viejo, Ciudad Evita, Reserva Laferrere, por mencionar sólo algunas, debemos sin duda referirnos al valor ambiental, ecosistémico que brindan; a las particularidades de su biodiversidad, pero también, y no menos importante, debemos pensar en su valor social. No podemos pensar en ellas, sin tener en cuenta las tensiones, los conflictos que en ellas se expresan, pero también en la posibilidad de usos que para las comunidades contienen esos espacios.

Hoy más que nunca, en el marco del distanciamiento en el que debido a la pandemia nos vemos obligados a guardar, los espacios verdes públicos han pasado a cumplir un rol clave para nuestra salud, para nuestro bienestar, para nuestra calidad de vida. ¿Cómo separar, entonces, lo natural de lo social? ¿Cuál de los factores es el más importante? ¿Qué valor tiene la naturaleza sin una comunidad que la disfrute y la aprecie? ¿Nos interesa la naturaleza como una pieza de museo, lejana y extraña con la que no podemos interactuar? O al revés, ¿qué comunidad puede desarrollarse en plenitud sin un contacto real con su entorno natural?

Las áreas protegidas desde el punto de vista del patrimonio cultural y natural de la CMR son espacios donde poder ser parte de ese territorio, poder aprender de él, de su historia, de sus características geográficas, de los servicios que brindan, pero también de los derechos que, en ellas, quizá únicamente en ellas, pueden ser ejercidos: a un ambiente sano, al ocio, al disfrute, a la contemplación, al goce.

Es cierto, nos cuesta mucho pensar en la CMR como un territorio capaz de generar expresiones positivas. Ese imaginario no es casual. Han sido muchos años en los cuales todo lo que dé ella emanaba eran expresiones negativas. En un análisis semiótico rápido por los titulares de los principales diarios del país, se puede apreciar rápidamente que la palabra Riachuelo la mayoría de las veces, aparece relacionada a términos negativos: corrupción, muerte, desidia, mal olor, abandono. Además, el río ha estado contaminado durante doscientos años, ¿por qué hemos de creer que algún día dejará de estarlo? Lo que quiero expresar aquí no es la voluntad de que el/la lector/a crea que ello es posible. Quiero dar cuenta de la dificultad social, devenida en imposibilidad, de poder acaso imaginarlo recuperado.

Con ese obstáculo nos enfrentamos. Sin embargo, si acudimos a la cultura, si analizamos algunas de las piezas literarias que lo tienen como escenario, como protagonista o como fantasma, allí si quizá podemos detenernos a observar que hay puertas que se entornan y a través de ellas puede acaso vislumbrarse otra idea de lo que el río ha sido o puede ser.

Pero no sólo la Literatura, la Arquitectura, las miradas sobre el paisaje, el Cine, la Música, la Pintura, la Escultura y la Arqueología. Aunque nunca antes haya sidas reunidas de manera integrada, todas esas expresiones han tenido lugar en la CMR y muchas de ellas son verdaderas obras maestras o han aportado enormemente a saber más sobre nosotres mismes. Es el caso de los hallazgos arqueológicos efectuados en 2018 en el Parque Ribera Sur y que dan cuenta de que fue allí donde tuvo lugar el registro de vida más antiguos de la zona (años 1150 al 1400 del calendario gregoriano). Les especialistas consideran que se acercaban al río para cazar venado de las pampas (del que se alimentaban) y para obtener barro para hacer sus cerámicas. Pensar en las antiguas culturas del mundo pampeano, en las que suponemos que no existía el concepto de contaminación tal como hoy lo conocemos, nos abre un mundo de posibilidades y desafíos para la puesta en valor de nuestro patrimonio, entendido como el legado de las culturas que nos precedieron.

En la Cuenca Baja, el paisaje industrial nos remite a un pasado de hace cien años. Las barracas, los puentes, las grúas, los restos de muelle, de amarras, son signos latentes de un pasado naval, portuario, agroindustrial de toda esa zona; de los grandes frigoríficos que empleaban obreros de un lado y del otro del Riachuelo y que generaban además de empleo, múltiples expresiones culturales: el tango, el futbol, la pintura.

Las olas de inmigrantes europeos, de fines del siglo XIX y principios del XX, convivieron allí, sufrieron el destierro, construyeron un futuro lo más parecido que pudieron al que habían soñado y también generaron espacios de consumo: cantinas, bares, teatros, centros culturales, estadios de futbol, clubes de remo, bibliotecas. Todo eso es lo que, a través del programa de turismo local y sostenible, queremos junto a Ministerio de Turismo y Deporte de Nación potenciar, poner en valor, que sean las comunidades locales quienes desarrollen sus propios relatos de lo que allí silenciosamente se expresa, resiste, prevalece.

Para rescatar del olvido a numerosos sitios históricos, desde ACUMAR hemos emprendido una ardua tarea, hemos desarrollado un Catalogo de Patrimonio de la CMR, en el que se han relevado más de trescientos sitios de toda la cuenca que cuentan con alguna norma de protección, a nivel local, provincial o nacional. En él queremos sumar también los sitios que las propias comunidades reconocen con valor por alguna razón, ya sea histórica o por el relato que portan. En ese sentido, una escuela secundaria del barrio Libertad en Merlo, ya está trabajando para incorporar el cementerio del barrio y la estación de tren como parte del catálogo mencionado. Sospechamos que, si la comunidad se suma, triplicaremos los sitios que son considerados de valor emocional, histórico, cultural y por qué no, espiritual. Y es aquí donde quiero recordar el objetivo de estas líneas: recuperar el patrimonio de la CMR, ya sea natural o cultural, es también recuperar el río. Porque ¿qué es un río, sin sus habitantes, sin sus puentes, sin sus embarcaciones, sin les trabajadores que lo habitan, las historias que lo atraviesan, las experiencias que genera el contacto con sus aguas?

Otros dispositivos culturales con los que estaremos interviniendo en los territorios serán: cultura sobre ruedas (un dispositivo móvil que permite proyectar películas y hacer muestras musicales de expresiones locales), una biblioteca móvil (con títulos de libros relacionados al río para reflexionar y crear a partir de la lectura en sus diferentes soportes); el deporte, la recreación y el ambiente como creadores de identidad y generadores de miradas integradoras. También generaremos contenidos para Centros de Interpretación en las áreas protegidas. Ni bien la pandemia lo permita, recorreremos la Cuenca con estas herramientas, camino a una gran bienal cultural en la que todas las expresiones culturales tengan espacio, se muestren, aporten al imaginario de un Matanza Riachuelo al que sin dudas le falta aún para ser un río recuperado, pero que justamente por eso la cultura, el arte, están convocados a ponerlo en valor, brindarle el aura (el prestigio) que necesita para ser valorado como lo han sido otros río del mundo (en algún momento tan contaminados como el nuestro): el Támesis, el Misisipi, el Ganges, el Rin, el Danubio.

Como venimos resaltando, recuperar un río es recuperar su entorno, su historia, sus relatos, su música, las múltiples miradas que lo habitaron y lo habitan, las tensiones, los conflictos, pero también es recuperar la posibilidad de que podamos mirarlo y veamos en él una fuente de vida y de cultura. Es cierto, será un proceso largo y complejo, pero les aseguro que también va a ser hermoso.

Sobre la autora: María Lorena Suárez es Coordinadora de Cultura y Patrimonio de ACUMAR

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